Crimen y castigo, Fiódor Mijáilovich Dostoyevski

La polimórfica naturaleza humana se ve muy bien retratada en este libro. Y creo que de eso va ser un clásico.
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Admitida la premisa postmoderna que reza «todo está escrito» sólo nos queda entonces tratar de escribir de otra forma. La literatura, y por extensión, todos los ámbitos que gravitan en torno a ella, adolece de un prejuicio peligroso: el gusto por la novedad, o el prurito agónico de la originalidad. Nada puede ser ya original. Ningún argumento nos sorprenderá porque todos han sido desvelados del siglo XX para atrás. Sin embargo, hay novelas con asuntos que aun siendo escritas hace ciento cincuenta años nos resultan estimulantes desde su plano argumental, porque se plantea en ellas un conflicto interesante, tan interesante que, ciento cincuenta años después, sigue sin resolverse. Ese es el acierto de Crimen y castigo, que la tensión del texto está intacta, que la problemática de los personajes sigue suscitando en el lector un debate interno. Entre el fondo y la forma de una obra se desliza un concepto sibilino, indeterminado y abierto a la interpretación de cualquier lector: el sentido. El sentido debe haber sido un invento de la crítica para refrendar su propio lugar como prescriptora/guía de lo que hay que leer y lo que no. Más allá del fondo y la forma, el sentido es el guardián del utilitarismo en el mundo del arte: ¿y este libro para qué? Ese para qué es el que parece que muchos se atreven a explicar. Hoy vengo estupendo.

Desvelar el sentido oculto de una obra parece en algunos críticos la piedra angular de su canon; como si el arte fuese un enigma que necesitara resolverse. En un mundo donde la conciencia del daño ajeno ha ido creciendo hasta construir el concepto de maldad, todo necesita ser explicado. La novela psicológica de Dostoyevski supone una revolución porque el sentido de su literatura es un caleidoscopio de infinitas posibilidades: la complejidad de los personajes apunta a la complejidad con la que todos vivimos nuestro discurso interno cada día. La novela psicológica responde a un solo principio: ya no hay polaridad, en el ámbito de la naturaleza humana todo son sutiles contradicciones, un abanico constante de caracteres que se canibalizan en una sola cabeza: de eso va Crimen y castigo.

Crimen y castigo es un tratado sobre la culpa. El protagonista se ve superado por los efectos del remordimiento, la conciencia excede los dominios de la psique y somatiza en su cuerpo: mareos, náuseas, desorientación. Más allá del planteamiento argumental brilla la culpabilidad como ente que asedia a la razón, como si la culpa tuviera voluntad propia ajena incluso a la mecánica causa-efecto. Nada causa la culpa porque todos nacemos culpables, parece sugerir Crimen y castigo. Así, Raskolnikov piensa: Al llegar a tales conclusiones, decidió que, por lo que a él se refería, en su caso, no podían producirse tales alteraciones morbosas, que el discernimiento y la voluntad no le abandonarían durante la ejecución de lo que tenía pensado por la única razón de que lo que tenía pensado «no era un delito». Si la culpa viene causada por el delito, Raskolnikov se piensa inmune a la culpa porque lo que va a hacer no es un delito. Pero más allá del problema cultural, Dostoyevski establece una ley natural mediante la cual ningún delito puede quedar impune. Todos los hombres acaban siendo juzgados por el más alto tribunal: su propia conciencia.

Decía Nabokov de Dostoyevski que era un pésimo escritor y que el malentendido de su fama se debía a que nadie, en Occidente, le había leído en ruso. El gran Nabokov, —escritor total, expresión y maldad refinadas hasta el paroxismo— veía en su compatriota a un vulgar contador de historias y problemas morales, pero no a un creador de lenguaje. Resulta llamativo, y lo apunto para otra reseña, cómo trata Nabokov los problemas morales: desde la belleza, como piezas de relojería. Dostoyevski hace de todo problema moral minería de la psique, argumentario de sucesos y probabilidades, angustiosa búsqueda de la verdad y la pureza. Para Nabokov no hay verdad y no hay pureza en el juego literario, solo poesía. Bien mirada, la dialéctica entre un autor y otro remite al problema eterno de la literatura: ¿forma o contenido? Dostoyevski es un autor de contenido, y los asuntos que plantea son siempre apasionantes porque son asuntos eternos. No estamos hablando de un delito, estamos hablando del delito.

Si Stieg Larsson en lugar de preocuparse por los asuntos se hubiera preocupado por lo que detrás de los asuntos toma forma en los personajes tendríamos una gran novela, en cambio tenemos tres best sellers. Para Stieg Larsson lo importante es saber quién es el asesino, para Dostoyevski lo importante es qué pasa por la cabeza del asesino. Sin embargo, entre Stieg Larsson y Dostoyevski hay más similitudes que entre muchos autores que tratan de escribir para la posteridad y el ruso atormentado.

Lo que está en juego en Crimen y castigo no es el entramado que explique el crimen, es el crimen que va explicando cómo un hombre puede sucumbir frente a su propia y extraña meticulosidad. La polimórfica naturaleza humana se ve muy bien retratada en este libro. Y creo que de eso va ser un clásico: hablar de lo que somos, ahora y hace doscientos años.