El gran cuaderno, Agota Kristof

La prosa aséptica y contundente de El Gran Cuaderno no tiene compasión con lo que se cuenta.
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La infancia es esa cosa lejana y transparente que se deforma con el paso del tiempo hasta alcanzar dimensiones míticas. Los niños suelen ser hermosos y cándidos y los cuentos de hadas dibujan una inocencia amenazada por el mundo de los adultos, esto es, por la madurez. Ser maduro es aprender la forma del tedio, ser niño es resistirse al saber; el conocimiento acaba pudriéndolo todo y queremos una niñez ingenua para jugar por los siglos de los siglos, amén.

Todos los cuentos de hadas transitan por dos parajes: la luz y la oscuridad. La finalidad última de los cuentos de hadas es atemorizar al niño para que se esté quieto; los niños son molestos y hay que domarlos para que la vida adulta perpetúe su aburrimiento. Así, toda la literatura infantil, de Samaniego a Hans Christian Andersen, propone el miedo como punto de fuga en el que confluyen todas las tramas, todos los asuntos, todas las moralejas. Desde el siglo XVII hasta Walt Disney al niño hay que mantenerlo atemorizado; el miedo como educación y opio.

Menos mal que tenemos a Agota Kristof. En El Gran Cuaderno se propone justo lo contrario, ¿liberar al niño del miedo? No, atemorizar al adulto. El argumento es sencillo: dos hermanos varones son llevados a casa de su abuela; la madre no puede alimentarlos y les abandona con estas palabras:  —Ya no tenemos nada que comer en casa, ni pan, ni carne, ni verduras, ni leche. Nada. No puedo alimentarlos.

La prosa aséptica y contundente de El Gran Cuaderno no tiene compasión con lo que se cuenta: La abuela nos pega a menudo con sus manos huesudas, con una escoba o un trapo mojado. Nos tira de las orejas, nos da tirones en el pelo. Ese es el quid de la cuestión: no tener compasión con lo que se cuenta. Contar sin más. La literatura no tiene que colindar con la moral. Los niños ya no son cándidos, son crueles: Es domingo. Cogemos un pollo y le cortamos el cuello como hemos visto hacer a la abuela.

Así empieza El Gran Cuaderno: Venimos de la ciudad. Hemos viajado toda la noche. Nuestra madre tiene los ojos rojos. Lleva una caja de cartón grande, y nosotros dos una maleta pequeña cada uno con su ropa, y además el diccionario grande de nuestro padre, que nos vamos pasando cuando tenemos los brazos cansados. Estructurado en pequeños capítulos, el libro avanza con precisión, la historia no es más que la epopeya cotidiana y terrible de dos hermanos que en realidad son un solo niño: —Justamente, eso no es normal. Piensan juntos, actúan juntos. Viven en un mundo aparte. Un mundo sólo para ellos. Todo eso no es demasiado sano. Es inquietante incluso. Sí, me preocupan. Son muy raros. Nunca se sabe lo que pueden pensar. Están demasiado adelantados para su edad. Saben demasiadas cosas. Inquietante y trasgresor, El Gran Cuaderno es un libro de terror con dos niños pequeños como protagonistas.

Conviene repasar sucintamente la trayectoria vital de Agota Kristof para iluminar más aún las virtudes del relato. Nace en Hungría, en el año 1935; emigra a Suiza con 21 años; aprende francés y escribe una novela minimalista, zen, devastadora: El Gran Cuaderno. El estilo seco, directo, inadjetivado responde más que a un plan estético a la precariedad del uso de la lengua que Agota Kristof aprende en Suiza. Hay muchos ejemplos de escritores que mudan de lengua o renuncian para escribir a la lengua materna, Nabokov es el caso más sorprendente. En su autobiografía (un librito titulado La analfabeta, de 78 páginas), Agota Kristof dice:  De lo que si estoy segura es que hubiera escrito lo que fuera en cualquier lengua. Murió el 27 de julio de 2011.