La hora de la estrella, Clarice Lispector

En La hora de la estrella hay una cuestión que sobrevuela toda la novela: la imposibilidad de narrar bajo supuestos tradicionales.
Clarice Lispector

La literatura es la recreación de un sueño para que otro lo vea; cuando el sueño se plantea como terapia el libro nunca llega a la imprenta y el autor se considera un genio doméstico: el mejor escritor de su casa. En ese caso no está haciendo uno literatura, está practicando un psicoanálisis extravagante. La literatura de verdad es la que se publica, la que leen los otros y se escribe para los otros. Si no se encuentra emoción en el otro (en el lector), la literatura es un asunto despiadadamente banal.

De modo que se debe armar una escritura que seduzca, convenza, emocione y empatice: ahí es nada. Volvamos a repetirlo: seducción, convicción, emoción, empatía. Creo que en estos cuatro sustantivos quedan delimitados los dominios de la narrativa y, si uno lo piensa bien, todo lo que lee y le ha gustado se adapta como un guante a esos cuatro nombres.

La búsqueda de reglas estrictas en torno a la composición, la técnica, la estructura, la congruencia u otras ortopedias académicas lleva siempre a paradojas sonrojantes: resulta que tal o cual obra maestra dinamita esos principios con facilidad pasmosa. En los dominios del sueño, sin embargo, todo es posible.

En La hora de la estrella hay una cuestión que sobrevuela toda la novela: la imposibilidad de narrar bajo supuestos tradicionales. Así, nos encontramos en la página 36: «esta historia no tiene nada de técnica, ni de estilo, es a la buena de Dios»; Clarice Lispector se disfraza de narrador masculino para tendernos una trampa. La trampa consiste en crear un juego de máscaras donde nada es lo que parece pero todo es al fin y al cabo un ejercicio onírico, todo es sencillamente escritura despojada de mecanismos narratológicos; página 36: «Escribo porque no tengo nada que hacer en el mundo: estoy de sobra». Pero la novela tiene una trama, un asunto mundano, sencillo, áspero: una muchacha delgada, pobre, sin familia, trabajadora, de aspecto poco femenino se enamora de un tipo hosco, inquisitorial y con grandes aspiraciones; el tipo después de salir unos días con ella la deja por otra. Con estos mimbres el culebrón está servido, es más, ateniéndonos únicamente al argumento no encontraríamos diferencia entre un Corín Tellado y este libro que acabo de leer. ¿Cuál es la diferencia entre Corín Tellado y Clarisce Lispector? La diferencia es que a Corín Tellado le interesarían enormemente esos días que los protagonistas pasan juntos, y haría de ellos epopeya costumbrista; en Clarisce Lispector encontramos estos diálogos en las salidas de los protagonistas Macabea y Olímpico (página 51):

—Voy a tener tanta añoranza de mí cuando me muera.

—Qué bobada, cuando uno se muere se acabó.

—No fue eso lo que me enseñó mi tía.

—Que se pudra tu tía.

Y de esta forma encaja Macabea la ruptura (página 58): «En el momento en que Olímpico le dio calabazas, la reacción de ella (explosión) fue inmediata e inesperada: sin más, se echó a reír, Reía porque no se acordaba de llorar.»

La presencia inquietante del narrador (página 66) «Estoy absolutamente cansado de la literatura», coloca al lector en un plano extraño, pues asistimos al tiempo a la narración y al proceso de escritura. Durante toda la novela ese mecanismo respira como si jugueteara con las leyes de la verosimilitud, y es gracias a esto que finalmente se impone, en el desenlace del libro, una arquitectura que va más allá de la linealidad de la historia: la arquitectura de un sueño, insisto.

La hora de la estrella es un libro de apenas 80 páginas, que se lee en una tarde y aletea al pasar las horas como una mariposa frágil, exótica, insoportablemente hermosa.