En la orilla, Rafael Chirbes

Si la novela es la foto que queda de una época, En la orilla puede ser un buen cuadro de estos años.
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Escribir en primera persona es un recurso antiguo y demoledor: todo lo que se cuenta precedido de un yo parece abrigado por una verdad incuestionable. Así empieza el segundo capítulo de En la orilla: He sentado a mi padre frente al televisor. Nadie puede poner en duda una frase así. Aceptamos desde las dos primeras palabras que todo lo que vendrá a continuación será cierto. En narrativa nada tiene más fuerza que la primera persona del singular, desde el Lazarillo de Tormes hasta hoy. En su contra, la clásica tercera persona del singular propone como punto de partida un juego de espejos en el que el lector está constantemente preguntándose de dónde viene la imagen que lee, esto es: ¿quién es el que está narrando? Cada vez nos cuesta más aceptar la figura del escritor. La tercera persona es hija de la burguesía y la primera persona del singular parece casi siempre dicha por el pueblo. Rafael Chirbes no podía elegir otro punto de vista para contarnos la crisis.

En la orilla  arranca con un breve capítulo escrito en tercera persona. Un narrador todopoderoso despliega un cuadro de situación. Aparece un cadáver y ya toda la novela nos estaremos preguntando quién es el muerto, un truco un poco chusco si la apuesta es el estilo y no el argumento, en realidad el muerto se nos olvida mediado el libro y todo lo que aparece no es más ni menos que la arquitectura desvencijada de la corrupción, unos andamiajes hechos de dinero negro, falsas expectativas y desenfreno en el gasto. El hombre como animal perdido que agitando la VISA parece agitar su propia vida.

La novela de Rafael Chirbes tiene algo de biblia urbana, tanto en la elección del protagonista (un carpintero) como en el tono (la parábola). La crisis está sirviendo para expurgar el pasado; nadie juzgaría desde un plano moral el pasado económico de España si no se hubiera producido esta hecatombe económica; quiero decir que el aeropuerto de Castellón, las mordidas que se producían/producen en las administraciones públicas y demás asuntos no son los causante de la situación actual y que tratar de simplificar el problema es una trampa y una excelente excusa para escribir una novela. La época del pelotazo no ha terminado, basta con echar una ojeada a los numerosos casos de corrupción que aún hay abiertos en la Audiencia Nacional.

La crisis (no podía ser de otro modo) va dando sus frutos culturales. He leído en algún periódico que esta novela de Chirbes es la gran novela de la crisis. Puede ser. Ignacio Escolar la recomendó (junto con Crematorio) en Italia hace unos meses en un encuentro al que fue invitado. Si la novela es la foto que queda de una época, En la orilla puede ser un buen cuadro de estos años. Hay mucha melancolía y mucha culpabilidad en todo el libro, mucho arrepentimiento por lo que se hizo o por lo que no se hizo. Como todas las crisis, lo que está en juego no es el presente ni el futuro, sino el pasado