Rayuela, Julio Cortázar

La primera vez que leí Rayuela tenía diecisiete años. Empezaba a fumar y a entender que el mundo quedaba comprendido en los indescifrables meandros
Rayuela

La primera vez que leí Rayuela tenía diecisiete años. Empezaba a fumar y a entender que el mundo quedaba comprendido en los indescifrables meandros del humo de mis cigarrillos. Fumaba y leía como si fumar y leer fueran la misma y extraña cosa. Había un personaje en el libro (Oliveira) atribulado por asuntos extraños o aburridos durante los primeros capítulos, luego todo se confundía en una prosa hipnótica, en frases imposibles donde las leyes de la sintaxis saltaban por los aires. Oliveira tenía una novia o algo que se parecía a una novia (La maga). Con Rayuela aprendí a leer.

Creo que lo peor que me pudo pasar en la vida fue leer Rayuela a los diecisiete años y creer que la literatura era eso. Rayuela no es el libro indicado para adentrarse en el bosque luminoso de la literatura. Rayuela es el libro indicado para terminar, cerrarlo y no volver a leer nunca más una novela. Yo lo hice al revés, primero leí Rayuela y luego todo lo demás (¿he dicho todo?).

En puridad Rayuela cuenta la siguiente historia: un grupo de amigos (el club de la serpiente) se reúne en apartamentos minúsculos y apocalípticos para escuchar música, beber alcohol y hablar de la vida y sus aledaños; se trata de un grupo heterogéneo y fantasmagórico: no sabemos quiénes son más allá de su nombre o de su exagerada anécdota. Todos parecen orbitar alrededor de la figura del protagonista: Horacio Oliveira.

El libro empieza con esta pregunta: ¿Encontraría a La maga? A los diecisiete años yo había dejado de hacerme preguntas porque todas habían quedado sin respuesta. Estudiaba en las escuelas profesionales Padre Piquer, obra social de la caja de ahorros de Madrid, jesuitas. Allí aprendí a defenderme de los demás tratando de ganarme su respeto. Una forma refinada y elegante de ganarte el respeto del otro consiste en no hablar: yo no hablaba o hablaba poco. Me hacía el interesante. Me construí un personaje para que todos creyeran que yo era alguien distinto. Alguien que leía libros.

El profesor de filosofía me cogió un día mi Rayuela y me dijo: eres muy joven para leer esto, ¿no? Yo sonreí.

Rayuela era un libro difícil, un libro para iniciados. A los diecisiete años yo quería pasar por culto y no me valía cualquiera, solo me valían los grandes, y Cortázar era (es) un gigante.

Rayuela tiene una estructura (un momento, ¿qué es la estructura?) fragmentaria (un momento, ¿fragmentaria?). Rayuela cuenta cosas a medias en capítulos que terminan demasiado pronto. O cuenta cosas crípticas en capítulos demasiado largos. Cuando yo tenía diecisiete años quería ser críptico y eterno, indescifrable y atemporal. Creo que los expertos andan aún descodificando algunos fragmentos del libro. Pasar a la posteridad significa mantener entretenidas a varias generaciones de críticos deshaciendo el puzle de la interpretación. Con diecisiete años yo quería ser indescifrable.

En realidad la novela no empieza con la pregunta que reproduje más arriba, no. La novela empieza con algo así como unas instrucciones. El autor nos explica cómo debemos leer el artefacto, el autor nos invita a recorrer el libro de otra forma, nos dice que podemos saltarnos páginas, volar hacia el final y retroceder; nunca tanto desorden colmó con tanta presteza las expectativas de un joven de diecisiete años que quería faltar a clase y esconderse en cafeterías somnolientas para leer el maldito libro.